domingo, 9 de febrero de 2014

CUCHILLAS.

La Pingolla: CUCHILLAS, publicada el 14 de diciembre de 2013.

Le mojaron la cotorina en la pila del bautismo y signado fue con el nombre de Francisco Santiago Cabezalí Caletrío.  Transcurría el mismo año en que abdicaba el rey Amadeo I de Saboya y moría el pintor Luis Rosales.  Con el tiempo, sería, en el lugar, Ti Quico “Lagartijo”.  Siendo mozo, a Quico se lo llevaron a la guerra de Filipinas.  Terminó la contienda, España rindió armas y el soldado no regresó a casa.  Pasaron los meses y, al no tener noticias, sus padres,  Tomás y Josefa, le donaron en el ofertorio un choto al Cristo.  Pero siguió sin aparecer.  Le dieron por muerto y celebraron el correspondiente funeral.  Al cabo de siete años, como en los viejos romances, regresó de Filipinas.  Matías Montero Cabezalí, que heredó el apodo de “El Feo”, aunque en dicho clan hubiera guapas mozas y gallardos mozos, era sobrino de Quico.  “Mi tíu –me refería- ehtuvu presu en un campu que ehtaba tó arrodeau de cáñah entrelazáh y cortáh a bisel.  Él y otra gavilla de quíntuh se quisun ehcapal háhta pol doh vécih, peru se jadían múchuh córtih con lah cáñah y no eran ehcapá de gateal pol aquel bardal”.  Volvió de Filipinas escuchimizado.  “¡Ni una perrita le dejarun! –me contaba recientemente Gregorio Corrales Cabezalí, Gorio “El Lagarto”, nieto octogenario de Quico.  “Tantu sufril pol la patria y ¡ni un céntimu!, que lah pérrah se lah dierun a ótruh”.  Gorio sabe bien que los que más se aprovechan de la Patria son los que siempre la tienen en la boca, pero no quienes en verdad la defienden.

     Si mucho cortaban aquellas cañas del campo de prisioneros perdido en una remota isla del archipiélago filipino, cuánto más no cortarán esas cuchillas colocadas en los 12 kilómetros de vallas de Melilla y en los 8,2 que cercan a Ceuta.  Concertinas, al igual que una especie de acordeón hexagonal, llaman a esas vallas.  Joan Coscubiela, diputado izquierdista, se ha escandalizado de que se dé “el nombre de un instrumento musical a algo que hiere y puede matar”.  Pero el gallego que preside la nación, ni se inmuta, afirmando que no sabe si esas terribles cuchillas “pueden producir efectos sobre las personas”.  También en su día, antes de que mandaran quitarlas, el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba calificaba a esas alambradas de “medida disuasoria y legal”.
      Calentita está la asistencia de don Mariano Rajoy a los funerales de Nelson Rolihlahla Mandela.  Aquel a quien su pueblo llamaba familiarmente Madiba y Tata, no tejió mallas con cuchillas, sino que las destrozó todas, haciendo añicos el cruel apartheid racial de la nación sudafricana y acabando con la vergonzosa y represora supremacía blanca.  Mandela dejó dicho que “para ser libres no solo debemos deshacernos de las cadenas, sino vivir de una manera que respete y potencia la libertad de los demás”.  El Tercer Mundo tiene hambre y necesidad de cubrir otras muchas necesidades que dignifican al hombre.  Pero el Primer Mundo levanta muros y concertinas para evitar la avalancha de los hambrientos y de los que claman otros derechos.  Se levantan en la frontera de los EEUU, todopoderoso e imperialista, impidiendo el paso a los “espaldas mojadas”, que ya han dejado 5600 cadáveres en los espacios desérticos.  Y los alzan, a lo largo de 2720 kilómetros, los sátrapas marroquíes en la antigua colonia española del Sahara, convirtiéndola en un lacerante gheto.  O el sionismo militante en torno a las tierras palestinas.  Mucho señor feudal de la dinastía china Qin pero muy pocos Mandelas.
     De nada sirve poner puertas al campo o a la mar.  Por mucho que regímenes conservadores, neoliberales y de otras variopintas derechas y de desangeladas izquierdas pretendan frenar el alud de los desheredados, no lo conseguirán.  Y lo peor es que los pobres comienzan a brotar como setas dentro de las propios bosques.  No habrá cuchillas suficientes.  León Tostoi decía que “antes de dar a un pueblo sacerdotes, soldados y maestros, sería oportuno saber si no se está muriendo de hambre”.  Y el pueblo llano, al que pertenecía Ti Quico “Lagartijo”, que también supo de estacadas de aguzado filo, refranea diciendo que “al hambre que es hambre verdadera no la atajan ni el cielo, ni el infierno ni la tierra”.  El Papa Francisco ha puesto el dedo en la llaga, reprendiendo duramente a ese capitalismo culpable de “la inhumana crisis económica, fruto de un sistema que no muestra respeto por el hombre”. Pero oídos sordos harán los poderosos y seguirán, los muy grandes hipócritas, dándose golpes en el pecho.

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