domingo, 16 de marzo de 2014

INTRAHISTORIA

La Pingolla: INTRAHISTORIA, publicada el 15 de marzo de 2014.

Entonces, mandaba mucho en TVE el bigotorro y el peluquín de José María Iñigo Gómez. Dirigía el programa “Estudio Abierto” y por él desfilaban pintorescos personajes. Eran otros tiempos, cuando un servidor no peinaba una sola cana y subía los primeros peldaños de la intrahistoria. El pasado sábado, en la alquería hurdana de Martilandrán, con motivo del Carnaval Jurdano, conocí a la maravillosa cantaora Raquel Cantero Díaz, compañera de José Javier Jesús Iglesias, “jabalín” de El Cerezal y antiguo alumno mío en el Hogar-Escolar de Nuñomoral. Salió a relucir lo del “eslabón perdido” del célebre etnomusicólogo extremeño Manuel García Matos. Y tras ese eslabón, corrí, cuando andaba alcanzando la mayoría de edad, y me topé con mi paisano Víctor Alonso Rodríguez, al que todos conocíamos como Ti Vitu “Jurao” (el apodo le venía porque su padre, Ti León Alonso Clemente, había sido guarda jurado por los montes y valles de los términos del pueblo). Se animó el paisano, junto con otros, a desgranar antiguos cantos de arada (pudieran ser el “eslabón perdido”) en el plató de televisión, bajo la supervisión de los bigotazos de Iñigo. Ti Vitu “Jurao” se convirtió por sus méritos en el virtuoso bufón del lugar. Gracioso, carnavalero, campechanería a raudales, manos de campesino y unos chispeantes ojos azules. Andando en aquello de la televisión, me dijo: “-Ehcapá que salgámuh en loh papélih y moh jagámuh famósuh”. Pero él ya había aparecido en “loh papélih” de El Heraldo de Aragón en marzo de 1938, cuando fue condecorado con la Medalla de Campaña con distintivo negro de vanguardia por su arrojo al cruzar el Ebro por el paraje de “El Royal”, en las inmediaciones del pueblo zaragozano de Quinto.
Víctor Alonso, que pasó en herencia sus centelleantes ojos garzos a algunos de sus nietos y bisnietos, fue cabo en el Regimiento de Infantería Mérida-35, perteneciente a la 13 División, unidad de élite, muy temida y conocida como “La Mano Negra”. De la Guerra Civil sacó dos balazos en una pierna, que le dejaron una leve cojera. Ti Vitu fue de los primeros que estrenaron mi libreta dedicada a la intrahistoria, que es la que definen algunos como “la vida tradicional del pueblo, que subyace a la historia cambiante y visible”. Miguel de Unamuno apostó en varias ocasiones por esa gente que hace la historia de manera inconsciente y que no aspiran al título de héroes. Y esos hombres y mujeres sin Historia, que no aparecen en los libros, tan ricos en oralidad y tan grandes en la sencillez de sus vidas, son por fuerza complemento de las historiografías más oficiales. Paisanos humildes, hechos a las duras bregas del vivir campesino y que desempeñaron los papeles vitales que les deparó la rueda de la fortuna. A ellos procuro sacarlos de sus tumbas, insuflarles un momentáneo aliento de vida y darles voz en mis Pingollas.
Decía el fabulista griego Esopo que “cuando un lobo se empeña en tener razón, ¡pobres corderos!” Y lobos de dos patas acechan a la vuelta de cualquier esquina. A veces, camuflados bajo la piel de una afamada artista japonesa que lleva en sus sangres genes de samurais, emperadores y jesuitas. Estos “Yoko Onos”, metidos a correctores de estilo, nos vienen a enmendar la plana sin haberse mirado antes en el espejo. En otras ocasiones, surgen cabezas graníticas, que arrastran, en apellidos, leones sin melena, quienes, llevados por sus pensamientos ultramontanos, tienen la desvergüenza de catalogarnos como monstruos con los ojos cuajados de odio. Y hay otros, pobres infelices, que son los alguaciles y correveidiles de los que acostumbran a tirar la piedra y esconder la mano. A todos ellos les une algo en común: el desprecio a la intrahistoria, al pueblo llano, a la gente de pan, morcilla y bota de vino. Se erigen en perros cancerberos de los poderosos, de los corruptos, de los gobiernos títeres, del imperialismo, del pasado oscuro y faccioso, de los curas trabucaires y de los obispos de brazo en alto, de los engolados banqueros, de los políticos mendaces y de los negreros y explotadores. Arcadas me producen. Y bascas me producen también quienes, con su silencio, se convierten en cómplices de los desalmados y les meten los votos en las urnas a aquellos para quienes, como decía Martín Fierro, “son campanas de palo las razones de los pobres”.

Ti Vitu “Jurao”, el que me refería en cierta ocasión que “cuandu loh próbih caguémuh torcíah de oru, vendrán loh rícuh y moh darán aceiti de ricino pa que lo caguémuh tó de una vé y lleválsilu élluh bien calentitu”, siempre estará en mi recuerdo. También el escritor García Márquez dejó dicho que “el día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo”. Mientras llega ese día, nosotros seguiremos dando guerra en nuestras Pingollas, mal que les pese a los apestosos turiferarios de turno.

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