Tatquello de sémuh asina ya lo inmortalizó Luis Chamizo Trigueros en su Miajón de los Castúos . Pero dejemos atrás a aquel poeta que tan estrechamente colaboró con los espadones alzados en julio de 1936 (su recompensa tuvo) y remontémonos a tiempos más recientes, cuando algunos no habíamos visto la luz y otros ya eran zagalones. Moría la década del cuarenta del pasado siglo. La dictadura del general Franco estaba en su sazón. Cuatro chavales se entretenían en arrojar piedras a una laguna situada en el ejido comunal. Esperaban a que las culebras de agua asomaran la cabeza. Sin que ellos se percataran, a sus espaldas, un maestro de instrucción primaria, forastero, merodeaba por aquellos andurriales.
Uno de los zagales, alzando la voz, le espetó a otro: "No jundéih brúhcuh tan grándih ni loh jundéih de robrazu; cogi una piedra alapaína y jundéala de sansabanilla, veráh cúmu l,afilóchah la chinóhtra a la ciguta". El maestro, escuchando aquella jerga, se acercó y, dirigiéndose al muchacho, le riñó, malhumorado: "¿Por qué hablas en lengua de perro moro?" El chavea, con voz tímida y respetuosa, le contestó: "Nusótruh no sémuh pérruh ni móruh; eh que sémuh asina". El maestro, soliviantado, le arreó un bofetón. Al día siguiente, mandó copiar doscientas veces a los muchachuelos de la laguna algo así como: "Siempre hablaré correctamente en castellano". Tal y como me lo contaron, os lo cuento. Los testigos están vivos. Eran los tiempos en que España era Una (si hubiera habido otra, muchos se habrían marchado a ella); Grande (en ella cabían los españoles, los burros y los gorrinos) y Libre (se podía hablar de fútbol y de toros).
Años más tarde, cuando un servidor andaba liado con tareas pedagógicas en la comarca de Las Hurdes, en plena democracia, por aquello de andar inmerso en la organización de las fiestas de San Blas, redacté el programa de festejos en el dialecto que se habla en la zona, fruto de las influencias astur-leonesas de la Repoblación medieval con el sustrato indígena. Al poco, sobre los carteles pegados acá y acullá unas manos anónimas escribieron "Hurdano serás tú". Manos con toda seguridad acomplejadas, negativistas y que renegaban de su identidad y sus raíces.
En la escuela nos zurraban "por no saber hablar". Nos tildaban de "baturros" y otras lindezas por el estilo. No entendíamos por qué hacían mofa de nuestro habla dialectal cuando nuestros padres y abuelos guardaban como oro en paño las obras completas de Gabriel y Galán, muchos de cuyos poemas estaban escritos en tal dialecto. Y, desgraciadamente, la avasalladora sombra castellano-parlante continúa siendo alargada. Nos llenan de rótulos nuestras rutas turísticas, nuestras dehesas, nuestras calles, ríos y gargantas, y nos los garabatean, con alambicada cursilería, en un castellano que chirría por los goznes de su rica y arcaica toponimia.
"Sémuh asina" y orgullosos debemos estar de nuestras patrias infantiles. Para que nuestra lengua, la de carne sin hueso, no se convierta en una renegada y se vuelva melindrosa, andamos batallando muchos. Ahí tenemos a nuestro buen camarada Ismael Carmona García, alma máter del "Organo de Seguimiento i Coordinación del Estremeñu i la su Coltura", con columna semanal en este periódico, luchando a brazo partido por desfacer entuertos. La Administración regional debería mojarse y meter en el currículo escolar la asignatura Las hablas extremeñas . Es lo suyo, porque "sémuh asina".
lunes, 19 de octubre de 2015
lunes, 14 de julio de 2014
TORMENTAS
El
término “negro”, tratándose de fenómenos naturales que pueden
generar grandes catástrofes, siempre fue tabú, antiguamente, por
estas latitudes. Por ello, cuando el cielo se volvía carbón, nadie
se atrevía a hablar de negrura, sino de grande o tremenda oscuridad.
Y aquella vez las tinieblas, cargadas de rayos y relámpagos,
vinieron del meridión. “¡Dios te libre de las tormentas de
Mirabel!”, decían por la comarca. Referían las bocas desdentadas
de antaño que tan terribles tronadas se fraguaban en el castillo de
Mirabel y, luego, emprendían el camino hacia las sierras rayanas con
las tierras castellanas. En línea recta, el lugar distaba treinta y
cinco largos kilómetros de aquella villa que entregó Carlos
I a don Fadrique
de Zúñiga y Sotomayor.
No había por aquel pago de “Los Jornales” otra
caseta que la de Leandro
Miguel Jiménez, nombrado por los vecinos
como Ti
Aleandro “Carreta”, el que había
nacido el mismo día, mes y año que el agente del Tesoro
Estadounidense Eliot
Ness, de cuya vida se hizo leyenda, al ser
considerado como un personaje intrépido e incorruptible que acabó
con las correrías del famoso gánster Al
Capone. Viendo el cielo tan horriblemente
feo, corrieron a refugiarse en la caseta una gavilla de campesinos
que andaban por aquellos predios. La tormenta estalló
estrepitosamente. –“Paecía quel cielu se jundía y se ajuntaba
con la tierra -me narraba Ti Leandro-; yo nunca vi cosa igual. Cayó
una chíhpa sobri un robli c,había a pócuh métruh de la caseta y
lo jidu ehtíllah, y una de lah ehtíllah entró cumu una flecha pol
la puerta de la caseta y le dio en un hombru a Ti Milianu Barrosu, el
de Ti Narcisa, que antóncih tenía en loh brázuh a unu de loh suh
híjuh, qu,era chiquininu”. Leandro Miguel, el hijo de Ti
Vicente Miguel Caletrío y de Ti
Brígida Jiménez Jiménez, me relató,
completamente convencido, que la caseta se libró de la exhalación
porque él tenía dispuesta una “piedra de rayo” debajo de las
tejas, que fue la que desvió la centella.
De siempre fueron propicias las tormentas en las
primaveras y veranos. El pasado mayo, en plena yema vernal, se
desató iracunda tormenta sobre las urnas y los dos partidos
mayoritarios de esta España machadiana se dejaron más de cinco
millones de votos en la gatera. Es muy lógico, porque ya apenas si
hay conjuradores que sepan zarandear las campanas y mandar a hacer
puñetas los malditos turbiones. Se ha olvidado, también, el
responso a Santa Bárbara, la que espanta las tempestades, y nadie
coloca ya, para los mismos fines, esas pulidas hachas prehistóricas
que llaman “piedras de rayo” en los tejados de los habitáculos
agropastoriles, ni conforman cruces de torvisco (“toña” le dicen
por el territorio de Las Hurdes), ni colocan tijeras en cruz clavadas
en el interior de las puertas.
Decía el humorista austriaco
Dirk Stermann que Mahatma
Gandhi se equivocó al afirmar aquello de
“cuando hay una tormenta, los pajaritos se esconden, pero las
águilas vuelan más alto”. Según Stermann, tenía que haber
dicho “los pajarracos” y no “los pajaritos”. Porque a los
pies de los caballos están, según opiniones vertidas periódicamente
por el pueblo, todos esos supuestos pajarracos que han enlodado sus
nidos con corruptelas que, en muchas ocasiones, han degenerado en
flagrantes corrupciones. Esas aves, que nadie diría que son de buen
agüero, se esconden de las atormentadas miradas de la ciudadanía y,
como no tienen elementos para conjurarlas, les persiguen hasta el
catre. Ahora, temblándoles las piernas al observar que, dentro de
10 meses, les volverán a pedir cuentas y que el viejo refrán
refiere que “mayo tormentoso con frecuencia es luctuoso”,
intentan ponerles tirantes a sus calzones, ya que los cinturones no
les sirven. Y, así, el señor Mariano
Rajoy Brey nos saca de la chistera lo de
reducir aforamientos, cuando él y los suyos han engordado por la vía
rápida, en estos últimos tiempos, tales privilegios, pasándose
infinidad de pueblos en relación con los países del entorno.
Parece ser que solo Dinamarca nos acompaña, en Europa, en lo tocante
a blindar exmandatarios. Nadie más, sean monárquicos o
republicanos. Por ello no es de extrañar que el exrey de Bélgica,
Alberto
II, tenga que afrontar ante un tribunal
ordinario una demanda de paternidad. O que Nicolás
Sarkozy, expresidente de la República
Francesa, haya sido arrestado e imputado por posible corrupción y
tráfico de influencias.
Otro antiguo adagio asevera que “tormentas de mayo:
más seguro en casa que en el prado”. Pero para arañar votos hay
que abandonar los televisores de plasma y salir a la pradera, por
donde deambula el pueblo indignado. Viendo que no las tienen todas
consigo, también se han sacado de la manga el darle unos interesados
retoques al sistema electoral, buscando que las borrascas de mayo
faciliten el gobierno del candidato más votado. Todo un golpe
antidemocrático. Ha echado cuentas la derecha y no le salen, porque
si los resultados de las europeas se trasladan a la próxima
primavera, los populares solo obtendrían mayoría absoluta en dos
capitales: Ceuta y Melilla. La debacle sería espantosa. Con su
mayoría absolutísima y a base de decretazos, aunque se queden más
solos que la una, son capaces de hacerle la peineta a la Democracia y
aprobar tales medidas.
Mientras, los candidatos del PSOE a ocupar la Secretaría
General de su partido rezan fervorosamente y repiten sin parar: “del
agua mansa me libre Dios, que de las tormentas de mayo me basto yo”.
Y es que, aunque lo disimulen con enternecedoras miradas, esconden
por detrás cuchillos cachicuernos que les dieron sus
correspondientes mesnadas. Solo a José
Antonio Pérez Tapias le enaltece una
límpida trayectoria socialista: posicionamiento claro contra la OTAN
(1986), a favor de los sindicatos en la huelga general del 14-D
(1988), contra la reforma del artículo 135 de la Constitución que
nos entregaba en manos de los mercados y el neoliberalismo y defensa
nítida de la celebración de un referéndum entre Monarquía y
República. Pero no cuenta con la bendición de los capitostes de la
socialdemocracia y sus rosados (de rojos, ¡nanay de la China!)
barones.
Mayo está a la vuelta de la esquina y muchos habrán de
pasar bajo las horcas caudinas. Hasta nuestro campechano Monago,
temiendo el vendaval del venidero mayo, anda encendiéndole una vela
a San Lázaro, de la que aseguran que aleja el temporal. Y si se
tercia -¿por qué no?-, otra al diablo. Ya ha declarado que a él
no le importaría pactar con la gente de “Podemos”. El caso es
hacer negocio electoral, sin mirar que el gato sea azul o rojo (lo de
blanco o negro se lo dejamos a Felipe
González, que tiene la patente). Por lo
que respecta a IU en nuestra tierra de fornidos alcornoques, ya puede
limpiar bien el jaral, apartándose de las malas compañías y,
fumigados los personalismos y las siglas, escuchar con atención esa
corneta que llama a converger, tarea encomendada a su carismático
camarada
Alberto Garzón. Tal vez, los
regionalistas del PREX, a los que se les supone cierta sensibilidad
escorada hacia la izquierda, también deberían oír el tararí de
esa corneta, si es que no quieren desaparecer bajo las no lejanas
turbulencias del mes de las flores, cuando es posible que se quiebre
el vuelo de las gaviotas y se agosten las rosas antes de tiempo.
Con Ti Leandro “Carreta”, que residió en el “Barrio
de la Encina”, cuyas casas bajaban desde el alto de “La Cuesta”
a beber en el arroyo “Pizarroso” y donde también vivían mis
abuelos maternos, hablé muchas veces. Mi paisano, nieto paterno de
Ti Manuel Miguel y de Ti
Cristina Caletrío (por el costado materno
lo era de Ti
Rafael Jiménez Sánchez y de Francisca
Jiménez), que dejó de contarlas el día
de San Cirión de 1984, me decía: “Pal agua atroná, mejol eh ná,
que nunca jué güena el agua agolpá”.
EL PARAÍSO DE LA MEMORIA
A
menos de media hora con regular paso, yendo en las abarcas de San
Fernando, se encuentra el pueblo de Ahigal. Allí, como en tantos
otros, no dan el tratamiento de “Ti” a las personas entradas en
edad, sino el de “Tío” (o “Tía”, depende del sexo). Por
ello, a Julián
Palomero Díaz, nonagenario ya, le dicen
Tío Julián,
añadiéndole, como mote, el de “Cincuníuh”
(Cinco Nidos). Con él, he conversado más
de dos veces algún que otro domingo en el bar de Julio
“Cuadrao”, personaje que tiene un sí
es no es de quijotismo bajo algunas lunas y una pluma bastante
desenvuelta. Tío Julián presenció, como soldado, la rendición de
la 4ª Brigada Mixta del Ejército Republicano en el frente de
Extremadura, destacada en la población pacense de Siruela.
Concretamente, su regimiento fue el encargado de desarmar, en el
pueblo de Sancti Spíritu, los Servicios de Intendencia que estaban
bajo la responsabilidad del comandante Marcial
Gutiérrez Gómez y de su hermano Enrique,
que era el vicecomandante de la compañía. Faltaban cuatro días
para terminar la Guerra.
Había más paisanos de Marcial y de Enrique en la
compañía. En el fatídico año de 1936, los primos Miguel
Calvo Corrales y
Jesús Sánchez Calvo, que habían huido
del arado y andaban buscando mejor porvenir por los Madriles, se
sumaron, voluntarios, a la tropa que mandaba su paisano Marcial.
Ambos, después de pasar por el penoso campo de concentración de
Castuera, quedaron en libertad, no así los hermanos Gutiérrez
Gómez, que por tener estrellas en las bocamangas pasaron del campo a
una prisión, en Barcelona.
A
Jesús Sánchez Calvo, del clan de “Los
Sacristanes” del lugar, hijo de Ti
Juan Sánchez Gutiérrez y de Ti
Florencia Calvo Dosado, le conocí cuando,
después de casado y marchando bien en sus negocios por Madrid, se
acercaba, sin falta y religiosamente, al pueblo, en las fiestas
septembrinas del Cristo. Había nacido el mismo día en que moría
el revolucionario ruso Gueoirgui
Plejánov, en el año en que hacía
estragos la pandemia conocida como “Gripe española de 1918”.
Jesús “El Sacristán” era republicano y ferviente católico.
Cuando falleció el día de San Balsemio de 1989, dos curas y
parientes suyos, Fausto
Sánchez Dosado y Florentino
Dosado Gómez, le dedicaron, en la revista
“La Buranca”, sentidos panegíricos.
Tanto Tío Julián como Jesús Sánchez me narraron las
monstruosas barbaries que les tocó ver, oír, palpar, oler y
saborear en la inhumana Guerra Civil, cuando cuatro espadones y
prietas filas de negras escuadras llenaron de luto y sangre los
pueblos de España. “Me s,empeluzcan lah cárnih -me relataba Tío
Julián- na,más de recordal aquellu. ¡A cuántuh probecítuh pol un
treh y ná leh dierun cuatro tíruh y loh jundearun a una cuneta, sin
juiciu, sin confesión y sin ná!” Y Jesús “El Sacristán” me
refería que él había visto, al principio de la Guerra, tomarse la
justicia por su mano a cuatro exaltados, pero que, luego, el Gobierno
Republicano acabó con aquellos desmanes. Más tarde, al tomar las
tropas republicanas varios pueblos en la llamada Batalla de
Valsequillo, Jesús también se rasgó las vestiduras al oír contar
a vecinos de varias localidades cordobesas y pacenses las atrocidades
cometidas por los fascistas. Triunfaron éstos y, desgraciadamente,
siguieron matando. Los últimos estudios publicados sobre la
represión en la Guerra Civil, actualizados el 7 de julio de 2013,
cargan sobre el bando republicano 44.000 muertes, producto de la
represión. Pero el bando franquista tiene en su haber más de
150.000 víctimas, gran parte de ellas asesinadas sin juicio alguno y
arrojadas en antiguas minas, barrancos y cunetas. Todavía en el año
1945 se firma la sentencia a muerte de 11.507 españoles.
Jesús Sánchez Calvo, el nieto, por la rama paterna, de
Ti Miguel
Sánchez Martín y de Ti
María Gutiérrez Gutiérrez (de la
materna lo era de Ti
Miguel Calvo Martín y de Ti
María Dosado Jiménez), era muy
consciente de todo ello. Él nunca renegó de su republicanismo y de
su catolicismo, al igual que el general Antonio
Escobar Huerta, que fue quien dirigió la
Ofensiva Republicana de Valsequillo. Pero Franco, que se
enorgullecía de ser católico, apostólico y romano, no tuvo empacho
en hacerle fusilar en los fosos del castillo de Montjuic el 8 de
febrero de 1940. Los vencedores ofrecieron todo tipo de vítores y
loores a sus caídos. Les dieron ceremoniosos enterramientos. Y
convirtieron la Cruz, que siempre fue un signo de reconciliación, en
la sectaria “Cruz de los Caídos”, bajo la que aparecían tan
solo los nombres de los que perdieron la vida en el mal llamado
“Bando Nacional”, como si los que cayeron defendiendo el legítimo
gobierno de la II República no fuesen españoles, ni cristianos, ni
dignos de una humilde tumba en los camposantos de sus pueblos.
Cierto es que, como dice el poeta griego y Nobel de
Literatura
Giorgios Seferis, “allí donde la
toques, la memoria duele”. Claro que duele, sobre todo a aquellos
que aún esperan, después de tantos años, que los restos de sus
padres y abuelos puedan descansar en una tumba donde se pueda
depositar un ramo de flores. Pero sueltas andan todavía mesnadas e
incluso gente con responsabilidades de Gobierno que no han querido
condenar la Guerra Civil y sus causas, ni el oscurantismo dictatorial
que las siguió. ¿Cómo pedirle a personas que tienen el
atrevimiento de retratarse con el brazo en alto y al lado de banderas
del aguilucho o que mandan dedicar recientemente una calle a Franco,
el que tengan un mínimum de sensibilidad ante la Memoria Histórica?
Porque hechos como éstos se están sucediendo a diario, bien sea en
Atienza, en Gandía, en Talavera la Nueva, en Xátiva, en Beade, en
Baralla o en Reíllo, por citar tan solo algunos ejemplos. Y en la
mayoría de los casos, llevados a cabo por militantes de las Nuevas
Generaciones del Partido Popular e incluso por cargos institucionales
de tal formación política.
El celebrado escrito checo Milan
Kundera afirmaba que “la vida es la
memoria del pueblo, la conciencia colectiva de la comunidad
histórica, el modo de pensar y de vivir”. ¿Por qué se empeñan
algunos en que no tengamos memoria? Nos quieren amnésicos, para que
no podamos señalar con nuestros dedos índices la barbarie genocida
u otros indignantes claroscuros que se han ido perpetrando a lo largo
de la historia, donde se incluyen actuales meses y actuales días.
Tal vez, por ello, las prisas en tanto blindaje y aforamiento.
Pero tal vez nuestra Extremadura, donde nuestros barones
rojos y sus segundones tienen un pelín de libertinos libertarios
(dicho sea sin ofender), pueda ser un ejemplo para el resto del país.
Entre estos surcos milenarios nacen individuos que de levantar el
brazo en alto y lucir nostálgicas camisetas han pasado a
fotografiarse con gente del colectivo de gais y lesbianas, bajo una
bandera de tal asociación. ¿Será cierto que han dejado en el baúl
de los recuerdos saludos e indumentarias fascistas, o tan solo es una
meditada pose para arañar el mayor número de votos? Si fueron
sinceros, intenten reconvertir a sus colegas y, ya que algunos tienen
cargos institucionales, pongan todos los medios a su alcance para que
la generalidad de los vecinos de Villafranco del Guadiana y Guadiana
del Caudillo aborrezcan del nombre de sus pueblos. Que lo hagan por
ética y estética. ¿Algún europeo, que no sea de la extrema
derecha, puede concebir hoy en día que en Alemania haya algún
pueblo que se pudiera llamar Thüringen de Hitler o Friburgo del
Führer, o en Italia alguna villa con el nombre de Perugia de
Mussolini o Grosseto del Duce…?
Aseveraba el escritor alemán Paul
Jean que “la memoria es el único
paraíso del que no podemos ser expulsados”. Nadie ha nacido
todavía capaz de encontrar la espada de fuego con que el arcángel
Jofiel
arrojó a Adán y Eva del Paraíso Terrenal. Eso lo sabía muy bien
Jesús “El Sacristán” y también aún lo sabe Tío Julián
“Cincuníuh”. Descanse en paz el primero, y los dioses otorguen
larga vida al segundo.
viernes, 27 de junio de 2014
TIEMPOS DE SIEGA
“Me despedí del
amo,/ya hice San Pedro;/la novía que tenía/ya no la tengo./¡Válgame
el señor San Juan!/¡Válgame el señor San Pedro!” Seguro que
esta coplilla la cantaría Saturnino
Martín Esteban en sus años mozos por las tabernas del lugar,
cuando la siega le daba algún respiro a finales de junio. Mañana
es San Pedro y el pasado martes fue San Juan. Hace 78 años, Ti
Saturnino “Baboso”, que es como lo conocían en el pueblo,
andaba encorvado tras los trigos en la finca del “Cuarto Real”,
propiedad de aquellos terratenientes que, en palabras del laureado
escritor José Saramago,
“engordaron, a lo largo de los años, a base de arrancar tiras de
piel a sus peones”. Rumores había ya de que aquel gran latifundio
iba a ser entregado a los jornaleros, yunteros y pequeños
campesinos. Don Faustino
Monforte poseía una gran parte de la tarta. Ti Saturnino
“Baboso”, el que había nacido en la misma fecha que moría
tuberculoso el compositor francés Léon
Boëllmann (1897), era un “máquina” en las faenas de la
siega. No había manijero como él en veinte leguas a la redonda.
Pero aquel junio de 1936 se resentía del lumbago.
El machaca
(autoritario capataz) de don Faustino Monforte le llamó al orden:
“-Siguru que, si tuviérah una tía güena embaju, tiraríah mejol
lah manáh, cumu el segaol de La Bahtarda (en alusión a un viejo
romance)”. Se revolvió Ti Saturnino, hijo de Ti
Francisco y Ti
María, y le refregó por la cara: “-Peru aquel segaol de
tantu apural, jincó el poleu, aunque se dehpachó bien dehpachau”.
Y, secándose el sudor, añadió: “-Y ménuh apural, que puedi sel
que se güelvan lah tórnah y moh toqui a ótruh apural a loh que
tantu habéih apurau siempri”.
Ya las hoces
duermen, oxidadas y llenas de telarañas, en los viejos corrales.
Desapareció el gremio de los diestros segadores, pero no los gordos
terratenientes, que incluso se han enriquecido aún más con las
ayudas de la Política Agraria Común (PAC), a la que algunos,
irónicamente, la conocen como la “Política Agraria Clasista”.
Así, la Casa de
Mora-Figueroa Domecq recibió, en 2011, cuatro millones de
euros; la Casa de Alba,
dos millones largos y el Marquesado
de Larios un millón por su dehesa de “Los Llanos”. Y
como ellos, otra gavilla de gente cortada por el mismo patrón, ya
fuere el Duque del
Infantado (casi dos millones),
Mario Conde (lleva ya la aristocracia en su apellido) y otros
grandes latifundistas andaluces, extremeños, salmantinos o
manchegos. Incluso la Compañía
de Jesús no le ha hecho ascos a los 213.242 euros apañados.
O sea sé: que el 16% de los beneficiarios de la PAC se quedan con
el 75% de las ayudas europeas. El 84% del sector tan solo recoge las
migajas del 25%. Y los peces gordos almacenan, además, otras
cuantiosas ayudas que se otorgan a sus empresas agroalimentarias.
Quienes dijeron que las políticas europeas, que se las guisan entre
el bloque de derechas y los socialdemócratas, están enriqueciendo
cada día más a los ricos y miserabilizando de manera galopante a
los más pobres llevaban más razón que un santo.
Ti Saturnino, nieto
paterno de un tal Máximo
Martín, oriundo de la ciudad de Béjar y que se vino a casar
con Manuela Sánchez,
moza del lugar, se habría escandalizado de escuchar esa cantidad de
desorbitados millones. En aquellos años 30 del pasado siglo,
nuestro desenvuelto manijero, nieto por parte de madre de Ti
Martín Esteban Domínguez y de Ti
Isabel Osuna, ganaba un escaso jornal que apenas le daba para
subsistir. Él y su mujer, Ti
Juana Plata García, natural de Ahigal y apodada “La
Picholeta”, no rebuscaban, como hoy en día, comida en los
contenedores, pero no faltaban los ahogos y los agobios.
El pueblo bajo y
campesino siempre tuvo hambre de tierras. Más que harto, siglo tras
siglo, de trabajar de sol a sol por cuatro céntimos mohosos y un
cuenco de gazpacho. Cuando intentaron redirmirles las izquierdas con
pedigrí, los golpistas asomaron sus calaveras. Hace 53 días, en el
Debate sobre el Estado de la Región, José
Antonio Monago daba la campanada y anunciaba que “Extremadura
devolverá al pueblo las tierras que tiene en propiedad el Gobierno
regional, a través de un Banco de Tierras”. Quienes lo escuchamos
no sabíamos si estábamos ante un Buenaventura
Durruti (“la emancipación de los trabajadores del campo
solo se podrá conseguir con una reforma agraria revolucionaria, que
devuelva la tierra a sus legítimos propietarios: los que la
trabajan”) o ante un José
Antonio Primo de Rivera (“hay que cancelar la obligación de
los yunteros y pequeños campesinos de pagar la renta a los grandes
propietarios. Hay que hacer la reforma agraria revolucionariamente,
imponiendo a los que tienen grandes tierras el entregar a los
campesinos la parte que les haga falta. Es preciso expropiar a los
terratenientes”).
Seguro que Ti
Saturnino “Baboso”, que se marchó para el castillo de Irás y No
Volverás un día de San Carpóforo de 1974, no habría entrado por
el aro en lo tocante a la entrega uno de esos 4000 huertos que
conformarán el Banco de Tierras de Monago, capaces, según dicen, de
vertebrar auténticos emprendedores agroecológicos. Suponemos que
tal iniciativa será algo así como el proyecto lúdico-educativo
“Huertos Tradicionales Extremeños”, emprendido por la Diputación
cacereña, el Ayuntamiento de Plasencia y el SEPAD. Huertecitos para
sembrar cuatro tomates y media docena de berenjenas. Pues de estos
minifundios los hay a patadas, llenos de zarzas y otras malezas, en
cualquiera de nuestros pueblos. Hasta los ceden a quienes los
quieran sembrar, con tal de mantenerlos limpios y cuidar de sus
paredes y arbolado. Ti Saturnino Martín Esteban y toda la inmensa
cuadrilla de diestros segadores ya tenían algún que otro huerto
para la subsistencia. Ellos buscaban (y hoy buscan sus
descendientes) la dignificación de su persona, que solo se puede
lograr cuando el hombre cuenta con los medios suficientes para vivir
con desahogo y no malvende su trabajo por un indigno jornal. El
pazguato paternalismo de los tomates y las berenjenas suena a ñoña
caridad y no a auténtica justicia distributiva.
Los que batallan
porque el sudor del pueblo tenga su justa recompensa están en la
otra acera. Eso lo sabían muy bien Ti Saturnino y los segadores
diestros, que no por diestros eran de derechas. Puede que esos
batalladores lleven coleta o tengan la valentía de dimitir
radicalmente cuando el Parlamento Europeo, a sus espaldas, les ha
gestionado, sin escrúpulos algunos, fondos de pensiones en alguna
que otra sicav ubicada en paraísos fiscales (otros afectados siguen,
como garrapatas, agarrados a sus sillones). O aquellos otros
barbados socialistas, tal que José
Antonio Pérez Tapias, que sienten rubor ante otros que han
hecho del PSOE patética merienda y que, encima, intentan mutilar los
puños que mantienen las rosas de los que no nacieron para títeres
de ejecutivas que contaminan todo lo que tocan.
Nosotros esperamos
volver a ver caras como las de aquellos segadores de la Siberia
extremeña, que quedó en la zona republicana cuando la Guerra, y que
cantaban, sudorosos pero alegres, cantares adobados con guisos
justicieros: “De San Juan a San Pedro/van cinco días./Tierras que
eran del amo,/ahora son mías”.
EL DEDO DE SAN JUAN
El 29 de febrero de 1936
toma posesión en el pueblo la nueva corporación municipal del
Frente Popular. Es año bisiesto y nunca tales años, al decir del
saber popular, trajeron cosa buena. Daniela
Martín Paniagua, cuyos ojos vieron la luz el mismo día que
un terremoto cegaba los de cientos de habitantes de la región rusa
de Georgia, hija de José
Martín Montero y de Damiana
Paniagua Rodríguez, era conocida por estas tierras de pie de
monte como Ti Daniela “La
Roja”. Roja porque era rubia y colorada, pero es que,
además, era roja por ser de izquierdas y una auténtica animadora de
los mítines y otros actos que organizaban el PSOE y la Federación
de Trabajadores de la Tierra. Año bisiesto, en que los socialistas
no eran monárquicos pero sí auténticos marxistas. Ti Daniela
coincidió, a los escasos días de haber entrado en el Ayuntamiento
los izquierdistas, con Marciana
Barroso Jiménez, que había heredado el mote de “La
Cantaora” por parte de su padre, Ti
Antonio “El Cantaol” (Antonio
Barroso Cordero), casado con Ti
Juana Jiménez Jiménez. Ti Daniela, después de felicitar a
Ti Marciana porque el marido de ésta había entrado de concejal en
el Consistorio, añadió: “-Pol fin, hémuh subíu loh nuéhtruh al
ayuntamiento. ¡Ya era hora, que siempre han ehtáu arriba loh cuatru
riquínuh, loh que no comin pol no cagal! ¿Y sábih que te digu,
Marciana? Poh que ahora loh nuéhtruh ehtarán ahí metíuh méntrih
San Juan no abaji el deu”.
Ni cinco meses
pasaron y fueron desalojados del Ayuntamiento. Generales fascistas
se alzaron contra la II República y sembraron el terror por todas
partes. Volvieron a encontrarse Ti Daniela “La Roja”, nieta
paterna de Ti Luis Martín
y de Ti Vicente Montero (y
materna de Ti Simón
Paniagua y de Ti
Joaquina Rodríguez), y Ti Marciana “La Cantaora”, que por
su parte era nieta paterna de Ti
Manuel Barroso Cáceres y de Ti
Francisca Cordero, y por la materna de Ti
Rafael Jiménez Sánchez y de Ti
Francisca Jiménez. Se lamentaba Ti Daniela y se hacía
cruces viendo venir las tijeras y el aceite de ricino. Y Ti
Marciana, dirigiéndose a ella, le espetaba: “¡Pero coñu recoñu,
qué pronto abajáu San Juan el deu, y esu que lo tenía bien tiesu y
requitiesu, siempre apuntando pa,rriba!
Cuán cierto es que
dura muy poco la alegría en casa de los pobres. San Juan bajó el
dedo antes de tiempo y llegó el Apocalipsis. No le dio tiempo a
cuajar al Frente Popular, que los cuatro jinetes asesinos se le
echaron encima y abortaron una República que intentaba hacer
justicia con los pobres. Verdad es, también, que segundas partes
nunca fueron buenas. Eso es lo que dicen. Pero aquel Frente Popular
no consumó su primera parte. La estrangularon sin haber cumplido el
objetivo. Ahora, cuando suenan, otra vez, los tambores que convocan
a los desheredados de la España que con su pluma defendió Machado
(don Antonio) y que quieren calentar, y no helar, los miembros
de los españolitos de a pie, ya se ha puesto a afilar sus políticos
pertrechos la derecha de toda la vida. Se reúnen en Toledo o en
otras ciudades imperiales y deciden meter las tijeras en las campañas
comiciales, que gobierne la lista más votada, que se reforme la ley
electoral para impedir el acceso de grupos que pueden indigestar sus
amueblados estómagos y otras medidas que zancadilleen la
autenticidad de la democracia. ¿Le acompañarán en tal viaje y en
tal juego los derechizados socialistas de la cúspide de la
pirámide, vendidos al “borbonismo” por un plato aderezado por la
beautiful people,
por el establishment o
por la casposa casta con la que tanto han contemporizado?
Por más que nos
empeñemos y nos vendan aquella Transacción (digo, Transición), que
no fue sino una bajada de calzones de la izquierda ante el bloque
conservador y franquista que encabezaba el que ha dejado de ser rey
(¿o todavía lo es?), las dos Españas están ahí. Machado sigue
muy vivo. El choque de trenes es inevitable. Pero en pleno siglo
XXI se habrá de entender que será civilizado. La izquierda de
verdad, donde están todos esos movimientos ciudadanos que claman
hasta desgañitarse aquello de “La llaman Democracia y no lo es”
tiene todo el derecho del mundo a formar un gobierno que luche contra
la pobreza y no contra los pobres. A construir una sociedad donde
todo el mundo asuma que “Dimitir” no es un nombre ruso, ni
“Cesar” es un emperador romano, y a repartir cultura racional y
crítica entre los ciudadanos, que siempre es la mejor arma contra
los gobiernos corruptos.
Ti Daniela “La
Roja”, que cerró los ojos para siempre en el pueblo de Aldehuela
de Jerte el día de la Cruz del Casar de 1978, y Ti Marciana “La
Cantaora”, que le cupo tan triste suerte en la efemérides de San
Malaquías de 1991, soñaron con un mundo mejor para aquel
campesinado de los años republicanos. Pero les cortaron el sueño y
no fructificó el primer intento. De justicia es que el pueblo
vuelva a intentarlo. Nadie puede impedirle un segundo intento, que
no es una segunda parte. Nadie espera, por más que algunos lo
desearían, sangre derramada de algún protomártir sobre lo que la
derecha siempre llamó el “solar patrio”, del que se apropió
para acorazar monarquías inviolables, iglesias infalibles y
gobiernos incalificables. Ni es de esperar tampoco un caudillo
salvapatrias con güevos fascistoides pero más chicos que los del
caballo de Espartero.
Tal vez, en esta
ocasión tan esperada, San Juan no baje el dedo. Y que espere
nuestro Monago,
condotiero de estos terruños penillanos, a llenar mil Puertas del
Sol con los simpatizantes del viejo rey y el nuevo Felipe
VI, que el pasado jueves no llegaron ni a 10.000 en la plaza
de Oriente, contando con los que tienen como libro de cabecera el
diario La Razón o las revistas ¡Hola! y Pronto. No oye ni ve el
presidente bellotero el multitudinario clamor de la calle. Debería
acudir al otorrino. A la zaga y a la espera quede, igualmente,
nuestro oráculo en Madrid, vicesecretario de organización del PP,
don Carlos Floriano
Corrales, tenido por el bufón
de la Corte y que, en el cénit de la crisis, soltó aquello de “no
estamos al borde del precipicio, estamos agarrados a una cornisa”.
Su última perla, atufado porque los desconocidos de “Podemos”
han llegado cantando la caña a los que tienen más concha que un
galápago, ha sido la de roznar a destiempo: “(Podemos) es un
partido nuevo con ideas muy antiguas, que ha intentado utilizar el
sufrimiento de la gente para conseguir un puñado de votos”. Más
valía que él y su partido (envejecido y sin solera) se miraran al
espejo.
Intuimos
que esta vez, aunque nos bombardeen con una “monarquía renovada
para un tiempo nuevo”, San Juan no bajará el dedo ni dejará que
sirvan su cabeza en bandeja de plata a los Herodes de turno. El
pueblo (para la derecha, la chusma y la plebe) está más que harto
(basta con salir a la calle) de que le den gato por liebre, de que
unos vivan a cuerpo de rey (nunca mejor dicho) y otros anden royendo
coscurros, de que le prostituyan sus votos con azuladas sangres y de
que siempre sea él al que le toque bailar con la más fea.
PADUANOS Y PAGANOS
San
Antonio de Padua, del que ayer celebramos su efemérides, pasó
a la historia como un celebrado taumaturgo y resulta que las fuentes
antiguas no le reconocen un solo milagro. Pero una cosa son los
amarillos legajos y otra muy distinta el refrendo popular. Ti
Gabino Hernández García, hijo de Ti
Melchor Hernández Martín y de Ti
María García Sánchez y al que se le trataba en el lugar
como Ti Gabino “Preciso”,
era un auténtico paduano, entendiendo como tal al rústico
campesino, de escasos bienes y devoto de San Antonio. Ti Gabino
pasaba las fatigas a orillas del río Alagón, atendiendo su molino
harinero (molino de “Las Cuatro Rueas”), hoy sumergido bajo las
aguas del embalse de Valdeobispo. Nuestro paisano era un auténtico
ecologista. aunque él jamás oyó tal palabra. Su madre lo echó
al mundo el mismo lunes en que fallecía el compositor Francisco
Asenjo Barbieri, allá por 1894.
No toleraba que
hiciesen daño a las aves del cielo. Por ello, sabedor que el
párroco del pueblo empleaba su escopeta para matar a las cigüeñas
que osaban anidar en el tejado de la iglesia, se las guardó bien
guardadas. Un año asistió a la procesión de San Antonio y, cuando
las mujeres entonaban el popular canto de “Los Pajaritos” y le
llegaba el turno a las cigüeñas, se adelantó a la comitiva y, a
grandes voces, le dio la vuelta al cántico: “Salgan cigüéñah y
ehcapin/de la ehcopeta del cura,/que si a ehcapi no voh váih,/no
váih a queal ninguna”. A continuación, el estribillo: “Ílvuh
lah cigüeñah,/que el cura voh mata;/no jagáih loh níuh/en la
iglesia santa”. Y vino una segunda estrofa: “Probecítah lah
cigüeñah,/que mal no jadin a naidi./Éllah moh limpian de
bíchuh/loh güértuh y loh genálih”. Y remató la faena con otro
estribillo: “Peru el nuéhtru párroco/eh un vengativu;/cogi la
ehcopeta,/lah revienta a tíruh”.
El escándalo fue
mayúsculo. Llamaron a la guardia civil y dieron con él en el
cuartelillo. Épocas oscuras e inquisitoriales. No hacía mucho que
había terminado la Guerra. Mandaba quien mandaba: el ejército y
las fuerzas del orden (de un orden fascista y basado en el
autoritarismo) y una Iglesia que levantaba el brazo en alto. Ti
Gabino se ganó unos buenos papotes, a asistir a misa de alba y de
rodillas una larga temporada y a pagar una sangrante multa.
El nieto paterno de
Ti Manuel Hernández
Cabezalí y de Ti
María Engracia Martín Montero (por parte materna lo era de
Ti Agustín García
Corrales y de Ti
Nicanora Sánchez Gutiérrez) creía en aquel San Antonio que
proclamaba la igualdad entre los hombres y que, refiriéndose a los
príncipes, prelados y grandes del mundo, decía: “Después de
haber hecho esperar a los necesitados a la puerta de sus palacios,
implorando una limosna, una vez que ellos se han saciado
opíparamente, les hacen distribuir algunos residuos de su mesa y el
agua de fregar”. Creía a pie juntillas en el santo que,
llamándose Fernando, cambió su nombre por el de aquel Antonio que,
habiendo nacido en Lisboa, vino a morir en Padua (Italia), en 1231,
sin haber cumplido los 36 años. Y ecologista, además, era nuestro
Gabino, cosa que no es, sin duda, el que lleva, actualmente, las
riendas del poder en esta tierra de gazpachos con poleo. Porque José
Antonio Monago Terraza ha sido agraciado, en este 2014, junto
con sus consejeros, con el premio “Atila”, otorgado por
“Ecologistas en Acción” debido a su “falta de sensibilidad
medioambiental en el caso del complejo Marina Isla de Valdecañas”.
Antes, lo recibieron otros como Francisco
Fuentes, portavoz entonces de la Comisión Ejecutiva del PSOE
extremeño, o Carlos
Floriano, que fuera presidente del PP en Extremadura. O Caja
de Extremadura, Caja Madrid y el BBVA. Unos y otros por “su aval e
ignorancia manifiesta en su apoyo incondicional a la industria más
sucia y contaminante en Extremadura, como es el antiecológico
proyecto de construcción de una refinería en la región”.
Rapapolvos semejantes le llovieron a la derecha por lo del
“Prestige”, el Plan Hidrológico Nacional o la Ley de Costas
(todo un atentado medioambiental y favoreciendo descaradamente los
intereses privados). Y, ahora, no cesan las mareas azules contra
esos intentos de prospecciones petrolíferas en Baleares y Canarias.
Era Ti Gabino
verdadero paduano, como lo fueron y lo son todas esas gentes
sencillas que ensalzaron a un piadoso varón que se atrevió a llamar
“sanguijuelas”, “pájaros rapaces” o “gentuza maldita que
infesta la tierra” a todos aquellos que chupaban la sangre de los
pobres. No es de extrañar que lo convirtieran en abogado de muchas
causas perdidas. Era uno de los suyos, pero un “primus inter
pares”. Incluso, en algunas culturas rurales, pasó a sustituir a
alguna antigua divinidad, protectora de los montes y los ganados.
Dio de sobra la talla aquel Antonio aquejado de hidrocefalia y que
tenía a San Antón “Abad”
como el santo mas señero de su devoción. Incluso clamaba contra
los que eran investidos con púrpuras y les ponían coronas en las
cabezas: “Todos los fieles son reyes, por ser miembros del Rey
Supremo, por lo que cualquier hombre es príncipe, teniendo por
palacio la propia conciencia”.
Los que también
somos paduanos por estar con la intrahistoria o historia de los
pobres, pero, a su vez, paganos porque tenemos bastante de aldeanos
e, igualmente, de infieles que nos resistimos a los dogmas, echamos
lejos de nuestros ojos y nuestras conciencias todas esas
parafernalias que desprenden medievales tufos monárquicos, tan en
boga ahora, cuando se acerca la coronación, y no de espinas, de
Felipe VI. De esperar era que el PP, o sea, la derecha por
antonomasia, aplaudiera hasta con las orejas estos fastos, ya que es
de lógica que un partido que no ha condenado a los causantes de una
Guerra Civil ni la dictadura franquista, vea como garante de su
ideología, e incluso de sus privilegios, a un hijo de un rey
nombrado por Franco. Lo que es imperdonable es que un personaje que
dice ser socialista como Rubalcaba,
al que algunos califican de “Rasputín”, que ha perdido las
europeas, las generales, las vascas, las andaluzas y las catalanas,
en compañía de los González,
Guerra, Bono, Jáuregui y otros compañeros mártires sigan
desbarrancando a un partido histórico como el PSOE, renegando de sus
raíces republicanas y obligando a sus diputados a actuar sectaria y
dogmáticamente a la hora de echar incienso a la monarquía.
A un paso está
quedando el PASOK (digo, el PSOE) del paso abismal de las Termópilas.
Puede que acabe despeñado porque tiene varios Efialtes
en sus filas y no para destronar a rey alguno llamado
Leónidas, sino para
frustrar y acabar con las ilusiones de todos esos militantes a los
que se les están ajando las rosas de sus puños. Hace tiempo que lo
dijo el todopoderoso y jacobino Alfonso
Guerra: “el que se mueva, no sale en la foto”. Ahora, se
ha convertido en el nuevo Antoine
Barnaue, el cual pasó de ser líder de la izquierda durante
la Revolución Francesa a coquetear con la monarquía, intentándola
salvar de la quema. Aquello suscitó las iras del pueblo y, como
aviso a los navegantes, la guillotina guadañó su cabeza el 29 de
noviembre de 1793. El tiempo de los Torquemada
ya pasó a la historia, pero algunos ni se han enterado, o no
quieren enterarse, y siguen aferrados a los blindajes de sus regalías
y coches oficiales. E incluso se dejan querer y lamer por esa
derecha que, un día sí y otro también, los ponía como chupa de
dómine. ¡Ay del sadomasoquismo gatopardista!
Pierde fuelle la
caspa y la casta, por más que voces cavernarias intenten insuflarles
alientos. No solo las lenguas acostumbradas se desgarran en insultos
viendo las fantasmales orejas del lobo. También surgen otras
sinhueso, vueltas verdaderos cardos, que, desde periódicos
regionales, vilipendian a los republicanos de “torpes”, de “hoz
y martillo” y de “bananeros” e “ignorantes que leen poco o
nada y creen tener razón solo porque hablan con el megáfono y toman
la calle ante la indiferencia de la gente de bien”. Repulsivos
panfletos de Cardosos y compañía, que bien lo podría firmar
cualquier uniformado de la extrema derecha.
Ti Gabino “Preciso”,
el que se quedó letalmente mudo un día de Santa Petronila de 1972,
admiraba a San Antonio porque llamaba al pan, pan, y al vino, vino, y
le cantaba a los poderosos las tres verdades del barquero. Pero la
vieja política y sus perniciosos intereses no quiere saber nada de
santos y de señas que les inviten a dejar esas poltronas en las que
dormitan y que llevan calentando tantos años. Si persisten en su
enrocamiento, es muy posible que las orejas justicieras del lobo cano
dejen de ser fantasmales y las mandíbulas del “bichu”, como
dicen en Las Hurdes, hagan presa en quienes dieron motivos para ello.
Hoy, celebrando a San Antonio en la alquería hurdana de Aceitunilla
con los caros amigos de mi corrobla heterodoxa, todos ellos paduanos
y paganos, seremos conmiserativos y brindaremos para que el lobo los
coja confesados.
martes, 3 de junio de 2014
¡¡QUÉ VIENEN LOS ROJOS!!
Áreas hay todavía por los septentriones y ponientes extremeños donde, al igual que en Galicia (aquí, “roxo”), el término “rojo” o “roju” viene a significar “rubio”. Por ello, a Damián Calle Jiménez le decían Ti Damián “El Rojo”, el que viera la luz un día de San Euprepio de 1884 y que traía sangre del pueblo de Ahigal por parte de su abuelo paterno, Manuel Calle Ruano, casado con María Paniagua Montero, nacida y criada en el lugar. En la misma pila bautismal que María, también derramaron agua sobre las cotorinas de Félix Jiménez García y de Isabel Sánchez Jiménez, abuelos suyos muy queridos y maternos.
Pasaron los años y, llegados que fueron tiempos de acarreos con bueyes que puede que rojos también fueran, surgió un altercado por un quítame allá esas pajas entre Ti Damián “El Rojo” y otro vecino al que le decían Ti Máximo “El Sofi”, que alternaba sus trabajos como taxista con los de pequeño agricultor y ganadero. Coincidí uno noche de las fiestas del Cristo con Máximo “El Rojo”, hijo de Ti Damián, y éste me narró el episodio. Fue en el bar de su sobrina Luisa Calle Jiménez donde me lo contó. Se armó el altercado a causa de unos supuestos daños ocasionados por unos burros de Ti Damián en unas hacinas de Ti Máximo “El Sofi” (voz ésta que viene a equivaler a chófer, pues Ti Máximo era uno de los escasísimos vecinos que, en aquella época, conducían un vehículo). Se avinagró la discusión y Ti Damián, dirigiéndose al taxista, comenzó a despotricar: “¡Roju, que érih un roju, que fuíhti de loh máh peórih que máluh, roju, roju y roju!” Ti Máximo, que era oriundo de la villa de El Casar de Palomero, le saltó: “Vusótruh voh confundíh, que quedréih dicil “Arroju”, que Arroju eh el mi apellíu y no Roju, que “El Roju” séih vusótruh, que asín voh llaman en el pueblu”. Efectivamente, el casareño, casado con la lugareña Marciana Barroso Jiménez (Ti Marciana “La Cantaora”) tenía por nombre Máximo Domínguez Arrojo.
No llegó la sangre al río, pero lo cierto es que Ti Damián “El Rojo” había sido miembro de la comisión gestora nombrada al tomar el pueblo los militares franquistas sublevados en julio de 1936. En cambio, Ti Máximo “El Sofi” había formado parte de la corporación municipal republicana y del Frente Popular, cuyos miembros fueron destituidos, encausados y casi en su totalidad condenados a la última pena.
Cuán cierto es que la palabra “rojo” era tabú en los oscuros tiempos de la dictadura franquista. Con ella, se designaba a quienes los triunfadores de la llamada Cruzada consideraban perversos comunistas, sin Dios y sin Patria, con rabos y con cuernos, capaces de los mayores crímenes y abyecciones. Pues otra vez hemos vuelto a las andadas. Los jefes de centuria han desparramado las consignas y toda una alborotada horda, que muy poco tiene de democrática, se ha puesto a despotricar, con muy mala folla, contra esos ciudadanos que han tenido la osadía de formar parte de las papeletas de la formación política “Podemos” y de quienes han tenido “la bajeza” de votarles. A grandes voces han vuelto a gritar con desmesurado histerismo: “¡Que vienen los rojos!” Y, prietas las filas y arma al brazo, por esas tertulias andaba el periodista Alfonso Rojo (parece ser que ya ha renunciado a su apellido) enfatizando y remarcando cada sílaba de la palabra “ra-di-ca-les” y soltando otras lindezas propias de esa chulería que dicen que se gasta. Y atrás no se le quedan otros de la misma cofradía, llámense Isabel Durán, Carlos Cuesta, Buruaga y, cómo no, el chirriante jefe de opinión del diario ABC, Jaime González, calificado por algunos como gran maestresala de la caverna y que acostumbra a sacar su largo y carnoso cuello, tal que tortuga calva, para vomitar aquello de que los votantes de “Podemos” no han hecho otra cosa que meter en las urnas las papeletas que representan lo peor de la condición humana.
Pero no solo ese puñado de oscurantistas periodistas, sino los voceros del bipartidismo, como ese aburguesado y multimillonario Felipe González Márquez, el que tiene el culo como un pan de tanto vegetar en Gas Natura FENOSA y que el PSOE debería esconder si quiere levantar cabeza. La enfermiza obsesión de Felipe con el bolivarismo, metiendo en tal saco a los miembros de Podemos elegidos democráticamente, resulta esperpéntica. Para él, sus amigos venezolanos son y fueron el magnate Gustavo Cisneros y el ya fallecido presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez, fiel imagen del político corrupto y esclavo de las oligarquías. Los bocatiestos del PP, más marciales que nunca, con tembleque en las piernas y creyendo verle las orejas al lobo, han vociferado de todo. Hasta el punta en blanco Carlos Floriano, por la parte que nos toca a los extremeños, ha llamado a rebato porque se acerca la extrema izquierda: “¡Alerta, que vienen los de las coletas y barbudos y se llevan los cientos de vacas de mi suegro!” Y José Antonio Monago (más bien monaguillo de la derecha, con permiso de algunos turiferarios de izquierda de la región, y no barón rojo de clase alguna) abunda en lo mismo, pues no aguanta a los pancarteros que se sudan sus camisas verdes, blancas y de otros colores, como combativos estandartes contra la mortífera guadaña de esa derecha que forma contubernio y se arrodilla ante la Troika.
Han irrumpido los rojos, ribeteados de verdes y de negros, y lo han hecho llevando tras de sí a miles de jóvenes hartos de la vieja política, de sus privilegios y sus depravaciones. Y han llegado con programas innovadores, de gran contenido y avanzado calado socioeconómico. Me jacto de conocer a muchos mozos y otras gentes que les han votado, todos ellos de grandes inquietudes y con gran conciencia social. Por ello, nada de “frikis”, “chiquilicuatres”, “flor de un día”, “espectros de Ruiz Mateos”, “lepenianos a la violeta” y otros epítetos que les han colgado. Seguro que, desde sus tumbas, nuestros paisanos (opuestos polos pero unidos en la lucha por la vida en aquellas economías de subsistencia) Ti Damián “El Rojo” y Ti Máximo “El Sofi” entenderán de sobra que la gente de Podemos, con su horizontalidad democrática, han llegado para quedarse y para poner el dedo en la llaga, aventar de sus poltronas a los deshonestos triceratops del bipartidismo, predicar sus solidarias proclamas y llamar al pan, pan, y al vino, vino.
Ahora, toca mover ficha al resto de la izquierda, incluidos todos esos honrados militantes de base del PSOE que andan desorientados y que, sintiéndose rojos de verdad, han sido llevados al precipicio por gente que, llamándose socialista, olvidó a aquel Pablo Iglesias Possé, nacido en El Ferrol en 1850, y ha tenido que ser acusada de no serlo por otro Pablo Iglesias (y Turrión de segundo), de 36 años, los mismos que tenía el ferrolano cuando sacó el primer número de “El Socialista” a la calle. Y que no se queden atrás los anarquistas, con su ya histórico empecinamiento de no acercarse a las urnas. Que recuerden que no se aplicaron profundos y avanzados programas socioeconómicos, durante la II República, hasta que los miles de militantes de la anarconsindicalista CNT no se decidieron a romper su tradicional abstencionismo y votar al Frente Popular.
No la hagas y no la temas, afirma un antiguo dicho. Por ello, a quienes se sienten tan asustados y se quedan roncos gritando “¡que vienen los rojos!”, viendo fantasmas por todas partes, alguna carcoma le estará royendo sus conciencias. Leonardo da Vinci decía que “quien de verdad sabe de que habla, no encuentra razones para levantar la voz”. Pero ellos, casposos cavernarios que temen perder bastardos intereses, seguirán vociferando. No importa. Don Alonso Quijano tranquilizó a Sancho Panza cuando éste, cabalgando con su señor a lomos de “Clavileño”, se alteró porque se oían ladridos de canes: “-Deja que los perros ladren, amigo Sancho, que es señal de que avanzamos”. Y Ti Damián “El Rojo” y Ti Máximo “El Sofi”, entrañables paisanos míos que ya volvieron a la parda tierra de la que vinieron, sabían, también, muy bien que “rozníuh de burru a lah ehpáldah, tóh en el mi culu se me estampan”.
Pasaron los años y, llegados que fueron tiempos de acarreos con bueyes que puede que rojos también fueran, surgió un altercado por un quítame allá esas pajas entre Ti Damián “El Rojo” y otro vecino al que le decían Ti Máximo “El Sofi”, que alternaba sus trabajos como taxista con los de pequeño agricultor y ganadero. Coincidí uno noche de las fiestas del Cristo con Máximo “El Rojo”, hijo de Ti Damián, y éste me narró el episodio. Fue en el bar de su sobrina Luisa Calle Jiménez donde me lo contó. Se armó el altercado a causa de unos supuestos daños ocasionados por unos burros de Ti Damián en unas hacinas de Ti Máximo “El Sofi” (voz ésta que viene a equivaler a chófer, pues Ti Máximo era uno de los escasísimos vecinos que, en aquella época, conducían un vehículo). Se avinagró la discusión y Ti Damián, dirigiéndose al taxista, comenzó a despotricar: “¡Roju, que érih un roju, que fuíhti de loh máh peórih que máluh, roju, roju y roju!” Ti Máximo, que era oriundo de la villa de El Casar de Palomero, le saltó: “Vusótruh voh confundíh, que quedréih dicil “Arroju”, que Arroju eh el mi apellíu y no Roju, que “El Roju” séih vusótruh, que asín voh llaman en el pueblu”. Efectivamente, el casareño, casado con la lugareña Marciana Barroso Jiménez (Ti Marciana “La Cantaora”) tenía por nombre Máximo Domínguez Arrojo.
No llegó la sangre al río, pero lo cierto es que Ti Damián “El Rojo” había sido miembro de la comisión gestora nombrada al tomar el pueblo los militares franquistas sublevados en julio de 1936. En cambio, Ti Máximo “El Sofi” había formado parte de la corporación municipal republicana y del Frente Popular, cuyos miembros fueron destituidos, encausados y casi en su totalidad condenados a la última pena.
Cuán cierto es que la palabra “rojo” era tabú en los oscuros tiempos de la dictadura franquista. Con ella, se designaba a quienes los triunfadores de la llamada Cruzada consideraban perversos comunistas, sin Dios y sin Patria, con rabos y con cuernos, capaces de los mayores crímenes y abyecciones. Pues otra vez hemos vuelto a las andadas. Los jefes de centuria han desparramado las consignas y toda una alborotada horda, que muy poco tiene de democrática, se ha puesto a despotricar, con muy mala folla, contra esos ciudadanos que han tenido la osadía de formar parte de las papeletas de la formación política “Podemos” y de quienes han tenido “la bajeza” de votarles. A grandes voces han vuelto a gritar con desmesurado histerismo: “¡Que vienen los rojos!” Y, prietas las filas y arma al brazo, por esas tertulias andaba el periodista Alfonso Rojo (parece ser que ya ha renunciado a su apellido) enfatizando y remarcando cada sílaba de la palabra “ra-di-ca-les” y soltando otras lindezas propias de esa chulería que dicen que se gasta. Y atrás no se le quedan otros de la misma cofradía, llámense Isabel Durán, Carlos Cuesta, Buruaga y, cómo no, el chirriante jefe de opinión del diario ABC, Jaime González, calificado por algunos como gran maestresala de la caverna y que acostumbra a sacar su largo y carnoso cuello, tal que tortuga calva, para vomitar aquello de que los votantes de “Podemos” no han hecho otra cosa que meter en las urnas las papeletas que representan lo peor de la condición humana.
Pero no solo ese puñado de oscurantistas periodistas, sino los voceros del bipartidismo, como ese aburguesado y multimillonario Felipe González Márquez, el que tiene el culo como un pan de tanto vegetar en Gas Natura FENOSA y que el PSOE debería esconder si quiere levantar cabeza. La enfermiza obsesión de Felipe con el bolivarismo, metiendo en tal saco a los miembros de Podemos elegidos democráticamente, resulta esperpéntica. Para él, sus amigos venezolanos son y fueron el magnate Gustavo Cisneros y el ya fallecido presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez, fiel imagen del político corrupto y esclavo de las oligarquías. Los bocatiestos del PP, más marciales que nunca, con tembleque en las piernas y creyendo verle las orejas al lobo, han vociferado de todo. Hasta el punta en blanco Carlos Floriano, por la parte que nos toca a los extremeños, ha llamado a rebato porque se acerca la extrema izquierda: “¡Alerta, que vienen los de las coletas y barbudos y se llevan los cientos de vacas de mi suegro!” Y José Antonio Monago (más bien monaguillo de la derecha, con permiso de algunos turiferarios de izquierda de la región, y no barón rojo de clase alguna) abunda en lo mismo, pues no aguanta a los pancarteros que se sudan sus camisas verdes, blancas y de otros colores, como combativos estandartes contra la mortífera guadaña de esa derecha que forma contubernio y se arrodilla ante la Troika.
Han irrumpido los rojos, ribeteados de verdes y de negros, y lo han hecho llevando tras de sí a miles de jóvenes hartos de la vieja política, de sus privilegios y sus depravaciones. Y han llegado con programas innovadores, de gran contenido y avanzado calado socioeconómico. Me jacto de conocer a muchos mozos y otras gentes que les han votado, todos ellos de grandes inquietudes y con gran conciencia social. Por ello, nada de “frikis”, “chiquilicuatres”, “flor de un día”, “espectros de Ruiz Mateos”, “lepenianos a la violeta” y otros epítetos que les han colgado. Seguro que, desde sus tumbas, nuestros paisanos (opuestos polos pero unidos en la lucha por la vida en aquellas economías de subsistencia) Ti Damián “El Rojo” y Ti Máximo “El Sofi” entenderán de sobra que la gente de Podemos, con su horizontalidad democrática, han llegado para quedarse y para poner el dedo en la llaga, aventar de sus poltronas a los deshonestos triceratops del bipartidismo, predicar sus solidarias proclamas y llamar al pan, pan, y al vino, vino.
Ahora, toca mover ficha al resto de la izquierda, incluidos todos esos honrados militantes de base del PSOE que andan desorientados y que, sintiéndose rojos de verdad, han sido llevados al precipicio por gente que, llamándose socialista, olvidó a aquel Pablo Iglesias Possé, nacido en El Ferrol en 1850, y ha tenido que ser acusada de no serlo por otro Pablo Iglesias (y Turrión de segundo), de 36 años, los mismos que tenía el ferrolano cuando sacó el primer número de “El Socialista” a la calle. Y que no se queden atrás los anarquistas, con su ya histórico empecinamiento de no acercarse a las urnas. Que recuerden que no se aplicaron profundos y avanzados programas socioeconómicos, durante la II República, hasta que los miles de militantes de la anarconsindicalista CNT no se decidieron a romper su tradicional abstencionismo y votar al Frente Popular.
No la hagas y no la temas, afirma un antiguo dicho. Por ello, a quienes se sienten tan asustados y se quedan roncos gritando “¡que vienen los rojos!”, viendo fantasmas por todas partes, alguna carcoma le estará royendo sus conciencias. Leonardo da Vinci decía que “quien de verdad sabe de que habla, no encuentra razones para levantar la voz”. Pero ellos, casposos cavernarios que temen perder bastardos intereses, seguirán vociferando. No importa. Don Alonso Quijano tranquilizó a Sancho Panza cuando éste, cabalgando con su señor a lomos de “Clavileño”, se alteró porque se oían ladridos de canes: “-Deja que los perros ladren, amigo Sancho, que es señal de que avanzamos”. Y Ti Damián “El Rojo” y Ti Máximo “El Sofi”, entrañables paisanos míos que ya volvieron a la parda tierra de la que vinieron, sabían, también, muy bien que “rozníuh de burru a lah ehpáldah, tóh en el mi culu se me estampan”.
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